Esta es otra de las 3 acciones obligatorias para continuar en la lucha por el Año Sabático en La Rioja, un relato que tenga La Rioja como telón de fondo y que no superase las 1.500 palabras. Espero que os guste.
TIEMPO
Mario mira el reloj una vez más, faltan 15 minutos para la hora de la salida. Entonces comienza a colocar los faxes y facturas pendientes, los apila, guarda todo lo que hay sobre la mesa en una cajonera, apaga el ordenador y se sienta a mirar la mesa vacía.
Otro miércoles, ya solo quedan 104 miércoles más y a vivir. Piensa para sí. Esos 104 miércoles son los 2 años que le separan de la jubilación. Le gusta pensar en ello, sufrir cada día pensando que luego podrá sentir un poco más ese regalo que es la libertad.
Se levanta y se dirige a coger su abrigo, el perchero está junto a la puerta y mientras recorre los 3 metros de pasillo que le separan de ella aprovecha para despedirse de sus compañeros.
Sale del edificio y comienza a caminar, como cada día, en dirección a su casa. Siempre la misma rutina, hace 7 años que Silvia se fue y no ha vuelto a conducir, se justifica pensando que los 20 minutos que anda de la fábrica a casa le mantienen en forma. Y es cierto, pero la realidad es otra y 63 años son suficientes como para no admitir miedos, como para hacer creíbles, y llegar a creerse, las justificaciones.
Es un día soleado, a Mario le encanta disfrutar de las luces cálidas del atardecer cayendo sobre Navarrete, esos días el camino de vuelta a casa es mucho más agradable y ese día en particular, la luz era especialmente bonita. Mario se animó y decidió dirigirse al bar, hacía tiempo que no pasaba a ver a Antonio y mucho más que no se daba el capricho de un buen vino. Pensaba que una vida austera le proporcionaría una prometedora jubilación donde disfrutar al 100% de todos esos placeres que la rutina y la monotonía del trabajo no le permitían disfrutar.
Abrió la puerta y no se inmuto ante el grito que se escuchó cuando entró al bar… – ¡DON MARIO VALDEOJA!, ¡DICHOSOS LOS OJOS! -levantó la cabeza y mirando hacia la barra esbozó una sonrisa y respondió, -Tampoco es que usted, Don Antonio Lafuente, haya venido a visitarme a mi en este tiempo.
Entonces se dirigieron uno hacia el otro y se fundieron en un abrazo. Mario y Antonio eran amigos desde jóvenes, desde antes de que Mario conociese a Silvia, incluso antes de que entrase a trabajar en la fábrica de corchos. Posiblemente Antonio Lafuente era la única persona que conocía los secretos y confidencias de Mario. Sus sentimientos, sus pensamientos y sus locas ideas de disfrutar la vida cuando se retirase, argumento que Antonio no compartía. Antonio era más del día a día, del “viva la vida”, como a él le gustaba decir.
Pero también es cierto que la vida de Antonio había sido más fácil, sus padres siempre tuvieron dinero y no le faltaron oportunidades. Disfrutó la juventud, se caso con su novia de toda la vida y tuvieron 2 hijos antes de decidirse a montar el bar. Apostó pronto por vivir en el pueblo, donde era alguien, y dejar para otros el anonimato de la ciudad. O dejar para otros tener que emigrar para alimentar a su familia, le apuntillaba siempre Mario.
Hablaron durante largo rato, de la fábrica, de fútbol, del último libro que habían leído, de lo bien que estaban los viñedos ese año, de la gente que había abandonado el pueblo y de las “nuevas adquisiciones“, y cuando Antonio pronunció esas palabras dirigió su vista a un joven que estaba sentado solo al fondo del bar. Miraba el café que había pedido, casi una hora antes, y no paraba de darle vueltas con la cucharilla como si el azúcar no llegase a disolverse.
-Si quieres te lo caliento en el microondas, por si te gusta mirarlo caliente -dijo Antonio al chico.
-Lleva una hora mirando el café y ahí sentado, es extranjero, parece del norte de Europa, habla español muy bien y me ha pagado el café cuando se lo he puesto… no se si es que le da miedo bebérselo -murmuró entre risas.
-Y… ¿Que hace por aquí?- dijo Mario.
-Ni idea, preguntale tú, igual está buscando alojamiento… si es eso lo tiene complicado, “los Abelinos” están cerrados de vacaciones, donde “la Rubia” no tienen sitio por la vendimia y el resto están ahí, ahí.
Mario se levanto de su silla y se dirigió hacia el joven, cuando estaba frente a él le observó, era rubio, de piel blanca y facciones marcadas, no tendría muchos más de 30 años.
-Hola, es raro ver a un extranjero por aquí, sobre todo de los que llaman “mochileros” -y, mientras sonreía, señaló una mochila que había en el suelo.
-Eso estoy viendo -dijo el joven en un impecable castellano, -me apetecía salir un poco de la ruta típica.
-Y… ¿porqué Navarrete?
-Por la fabrica de tapones de corcho. Le parecerá una tontería pero es de las pocas cosas que me faltan por visitar y conocer que esté relacionado con el mundo del vino… aunque es una afición con la que llevo bien poco tiempo, estoy empezando a apasionarme.
-Que curioso, la fabrica de corcho. Pues yo trabajo en ella, tal vez pueda echarte una mano. Me llamo Mario Valdeoja, trabajo de administrativo en la fábrica desde hace ya 31 años, pocas personas te van a poder contar más que yo sobre esa fábrica.
-Genial, ¡menuda casualidad!…- el joven se puso nervioso, -encantado, mi nombre es Johannes, y como ya ha observado no soy de aquí… vengo de Alemania, de un pueblo del norte, ¿conoce usted Alemania?.
-No, la verdad es que no he estado nunca, pero me encantaría ir.
Johannes empezó a hablar sin parar, estaba contento porque una de las primeras personas que había conocido trabajaba en la fábrica que quería visitar… entonces se puso a contar todo lo que le pasaba por la cabeza, quería resultar simpático al señor. Empezó a describir a Mario como eran los bosques que rodeaban su pueblo de Alemania, como eran las gentes allí, como la nieve cubría los caminos en los largos inviernos y como pasó su juventud deseando que llegase la primavera. Por eso empezó su viaje hacia el sur… hacía ya 3 años que salió de Alemania con la idea de cambiar de vida, de dejar atrás el invierno, de disfrutar los instantes, de abandonar su rutina cotidiana y llenar su vida de aventuras.
Mario le escuchaba atento, la ilusión con la que Johannes hablaba de su viaje le parecía la misma ilusión con la que él esperaba su jubilación, Johannes le estaba relatando todas las sensaciones que Mario pensaba disfrutar cuando se retirase, cuando disfrutase su tiempo en él mismo y se alegró pensando que estaba en lo cierto, que ese joven, que tenia lo que Mario anhelaba, era feliz. Por tanto cundo él lo lograse, también sería feliz, y lograr sus anhelos era fácil, porque solo anhelaba tiempo.
Entonces se levanto hacia Antonio y le dijo que sirviese 3 copas de vino bueno, estaba dispuesto a celebrar, -Johannes, me acabas de animar, ahora veo que estoy en el camino-, el pobre Johannes no entendía nada pero sonreía igual. Antonio sirvió 3 copas de “La Hilera” y las llevó a la mesa.
-Os propongo un brindis -dijo Mario, -¡por los anhelos y por que se cumplen!. -Brindaron y se acercaron las copas a la boca. Mientras bebían, cada uno pensó en sus anhelos, y se imaginó con ellos cumplidos.
Antonio pensó que algún día dejaría ese bar y se iría donde pudiese ser uno más, donde pudiese abrazar el anonimato, tal ven en la ciudad. Un lugar donde pudiese mezclarse entre la gente y olvidar su vida, monótona, aburrida, olvidar ese papel de hombre feliz que lo ha tenido todo y esa relación eterna que, está convencido, le ha robado la libertad, le ha robado el tiempo. Antonio pensó en otro Antonio, uno que, tal vez, nunca llegue a existir.
Johanes en cambio pensó en quedarse a vivir en Navarrete. Llevaba unos meses buscando donde parar un tiempo, donde asentarse y centrarse, y tal vez ese era el lugar. Era menos frio que su Alemania natal, y podría centrarse en el vino. Aprender todo lo que pudiese. No había más anhelos, sabía que estaba en medio de uno de ellos, que cuando este viaje terminara ya tendría tiempo de buscar otros, había tiempo de sobra.
Mario se vio a si mismo viajando, conociendo los paisajes alemanes de los que hablaba Johannes, visitando ciudades que solo había visto por la tele, disfrutando cada momento como si fuese el último, sin olvidarse nunca de Silvia y de que fue otro anhelo el que le llevó a quedarse a vivir en Navarrete, el que le juntó a ella, el que desde niño había guiado su vida, el sueño de dedicarse al mundo del vino. Pero unas pésimas cualidades como catador, tras años de intentos fallidos en varías escuelas de cata, y la carrera de abogado, solo le permitieron acabar como administrativo de una fábrica de tapones de corcho. Lo más cerca que pudo estar de su sueño. Su otro sueño, el que le llevó a Silvia, ahora el nuevo, no sabe donde puede llevarle, el tiempo lo dirá.
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