Cien años sin soledad por Colombia, buscando Macondo.

Surrealismo mágico

Esta es una de las fotos que hice que mejor captaron la idea que tengo de , el país del Surrealismo mágico, un Macondo gigante, acercándome a la idea de García Marquez pero casi de refilón, ya que Gabo dota a la realidad de magia mientras que para mi era la irrealidad y el surrealismo del país los que lo hacían mágico.
No fueron 100 años los que pasé allí, aunque la intensidad de ciertas experiencias provoquen que la memoria dude, y nunca estuve solo, algo practicamente imposible en un país con ganas de hablar, de tomar, de reír, de bailar… un país de rumba. Esta es mi visión de Colombia, mi realidad, la magia, ya os he dicho, va implícita:

Muchos años después (3 exactamente), frente a la pantalla del ordenador, el subcomandante Pak había de recordar aquellos días remotos en que su amigo Quirós lo acompaño a la nevera a coger hielo.
Fue en Taganga, la primera parada tras Cartagena de Indias, un pueblecito de pescadores donde relajarse y crapulear, un buen lugar para el submarinismo donde lo que más hicimos fue «nadar«, bajo el agua y en la superficie, sobre todo en su acepción de: «hacer nada«.
Como demuestra la foto en la azotea del Hostal Moramar (tu morada junto al mar… ejem).

Nadando en Taganga

Taganga lo usamos de base en nuestra búsqueda de la ciénaga junto a la que instalaron Macondo, habíamos leído que debía estar cerca de Riohacha, ya que de allí huyo Jose Arcádio antes de fundarlo, pero no conseguimos llegar por culpa de ese paraíso que es el Parque Nacional de Tayrona.
Tuvimos que parar unos días, recorrerlo, disfrutarlo y caminarlo antes de continuar. Los lugareños intentaban convencernos que tal vez encontrásemos nuestro tesoro en el camino a Ciudad Perdida, pero el coste de la expedición y los días necesarios para llegar hasta allí se escapaban de nuestras limitadas posibilidades, lo único que teníamos con cierto valor era un libro y una cuerdecilla para sujetar las gafas, y decidimos ir con ello a Medellín para intentar el trueque de los objetos por productos locales. Encontramos que esta ciudad tenía los establecimientos perfectos para nuestros propósitos:

Tabaco y ron

Hicimos el trueque y pasamos los días entre tabaco y ron buscando algún Buendía que consiguiese hacernos entender el árbol genealógico de la familia, no tengo claro si tuvimos suerte, lo que tengo claro es que aunque lo hubiésemos encontrado el ron se habría encargado de cortar algunas ramas y no dejarnos ni un poco de leña de ese árbol.

Con la intención de conocer la ciudad nos alojamos un día en el centro, al lado del Museo de Botero, casi en la misma plaza. Un lugar tan bonito como poco recomendable una vez cae la noche… las callejuelas que lo rodean salen de las historias de Gabo para entrar en el primer videoclip de Jon Landis: Thriller. Solo acelerar el ritmo al caminar es suficiente para que la masa de «muertos vivientes» no tenga tiempo a salir completamente de sus ataudes de cartón.
Tal vez el gitano Melquíades hubiese tenido una cura para estos zombis, pero no podíamos esperar a que pasase con su carabana o empezaríamos, como ellos, a olvidar los nombres de las cosas.

Antes de abandonar Medellín, visitamos «el aeropuerto» de la universidad y homenajeamos a Botero en su tierra, donde si es profeta, con algunas imágenes inspiradas en la belleza de las formas. Para muestra dejo un botón, y una frase del artista cuando en una entrevista le preguntaron porqué pintaba/esculpía a la gente gorda, a lo que respondió:
«Es que yo los veo así«.

Homenaje a Botero

Dejando claro que lo que importa no es la imagen, es la percepción de la misma. Eso pasa con Colombia, años de conflicto crearon una imagen muy equivocada del país, de sus gentes, de lo que allí pasaba, y si bien es cierto que hay zonas más «calientes» que otras, con lo que yo me quedo, sin dudarlo, es con la percepción, con MI percepción. Un país amable y acogedor, seguro y feliz, con ganas de olvidar y empezar a vivir de nuevo.

De allí me llevé uno de los recuerdos más gratos de América Latina, hubo de todo, como en todos lados, pero tal vez el surrealismo y la magia lo hiciesen distinto, más interesante, más idílico, amigable… incluso a pesar de que no encontramos Macondo ni rastro de los Buendía.

Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido por el Sendero de los cazadores – Fotografía

Ordesa y Monte Perdido

Este fin de semana estuve en el Parque Nacional de y Monte Perdido, fui con el Packet Extreme Team para despedirme de los montes ibéricos antes de partir de nuevo de viaje y para probar la Canon 600D y los objetivos que me ha cedido Malevolo para el viaje (de esto ya daré más datos).

Llegamos el viernes por la noche a Torla y nos alojamos en el Refugio Lucien Briet, 10 € por persona en litera en habitación compartida.
El sábado por la mañana iniciamos la ruta en La Pradera de Ordesa, continuamos por el Sendero de los Cazadores, luego la Faja de Pelay  hasta el Circo de Soaso, comimos algo contemplando Monte Perdido y la cascada de Cola de Caballo y volvimos a La Pradera por el Camino de Soaso.

Ordesa y Monte Perdido

Ordesa y Monte Perdido
Monte Perdido al fondo cubierto por las nubes.

Ordesa y Monte Perdido

Ordesa y Monte Perdido

Ordesa y Monte Perdido

Nos salieron unos 24 km de ruta con cerca de 1000 metros de desnivel, pero como podéis ver por las fotos, lo mejor de todo era ver Ordesa en otoño. La estación aún no ha entrado con fuerza y seguro que en un par de semanas está mucho más bonito pero si ahora hay momentos en los que duelen los ojos de tanta belleza no me quiero imaginar como será entonces.

La ruta la explicará más detalladamente alguno/a de los compañeros/as del Packet Xtreme Team en el blog, que yo la semana pasada ya conté la ascesión que hicimos este verano a Peña Vieja, en Picos de Europa, en mi primer post completamente montañero… y bastante Packet también. Eso si, creo que va a ser más divertido cuando llegue el de la aventura intentando hoyar Peñalara desde La Granja, ruta que intentamos (y conseguimos) hace un par de semanas.

Ordesa y Monte Perdido

Ordesa y Monte Perdido

Estas son algunas de las fotos que han salido, por ahora estoy acostumbrándome a las diferencias entre Canon y Nikon (I miss la doble rueda de Nikon)… me cuesta conseguir los colores de Nikon, la saturación que me gusta, tengo que subexponer la foto casi un par de puntos para conseguir el mismo contraste que mi D300s me daba solita. Creo que aún me faltan muchas pruebas por hacer.
Para vídeo si que cambia la cosa, sobre todo el Full HD, poder grabar a 1080 y montar a 720 da mucho juego a la hora de estabilizar y tratar la imagen.
Pero bueno, ¿que os parece a vosotros como han quedado?, ¿me la llevo de viaje sin remordimientos? (no seáis muy cañeros que me voy con ella si o si, jejeje)

>> Todo el set de fotos de Ordesa y Monte Perdido <<

Cruzando la frontera por Darién – De Ciudad Panamá (Panamá) a Cartagena (Colombia)

Panamá desde las alturas

La entre y fue una de las más intensas que he cruzado en mi vida. Cuando empecé a buscar posibilidades la Selva del Darién se dedicó a limitar las opciones. No hay carreteras que la crucen por lo que la opción terrestre quedó rapidamente descartada, solo hay pequeñas sendas y si te atreves a intentarlo están los militares, los narcos y la guerrilla colombiana para quitarte la idea de la cabeza.
Las opciones sencillas son volar de Panamá City a Cartagena de Indias, ya en Colombia. Es el vuelo internacional más barato, pero aún así es caro. La otra opción es el barco, unos 6 ó 7 días atravesando el archipiélago de San Blas, es más barato, pero tampoco demasiado y luego los días, yo no llevaba demasiada prisa pero Karine había venido a visitarme y le apetecía disfrutar un poco de Colombia, además de que nos encontraríamos con Quirós unos días más tarde en Cartagena.
Al final nos decidimos (convencí a Karine) por la opción más emocionante. Supongo que hace años debía ser una verdadera aventura cruzar así, pero en 2009 a mi me pareció seguro. Intenso, pero seguro.

La aventura comenzó en Panamá City, salimos desde el antiguo aeropuerto militar (Albrook) hasta Puerto Obaldía, aún en Panamá pero justo en la frontera. Es una hora de vuelo en un avión diminuto por algo menos de 60$, los vuelos son operados por Air Panamá y no hay salidas todos los días.
El despegue fue bueno pero poco antes de aterrizar comenzó una pequeña tormenta y el piloto decidió dar una vueltas a ver si escampaba un poco, 20 minutos más tarde, con el suelo aún mojado y en una pista «inexistente» se decidió a aterrizar. La pista de aterrizaje es esto de la foto.

Foto por Karine Lamarre

Tras entrar derrapando en la pista, el piloto se giró hacia nosotros mientras se quitaba el sudor de la frente y dijo en voz alta: «Uff, que susto, ¿no?«. En ese momento me levanté del avión y decidí salir del aparato para poder tener agusto un ataque al corazón en el exterior.
Foto del avión, mientras sacábamos el equipaje refugiados de la lluvia bajo el ala, mucho mejor que las dichosas cintas transportadoras.

Foto por Karine Lamarre


Una vez en Puerto Obaldía tuvimos que pasar por «la migra«, primero para sellar la salida de Panamá y luego, en una especie de consulado que tiene allá Colombia, había que hacer un visado de entrada. No me preguntéis el porqué, mejor no rechistar.
Este pequeño pueblo es la entrada al Darién, repleto de indios kuna (los aborígenes panameños) pero no hay mucho que hacer, es un lugar de paso.

Con los pasaportes ya sellados buscamos algún bote que saliese hacia Capurganá (Colombia), en la costa caribeña, un lugar curioso, donde puedes llegar a ver más de 7 tonos de azul en el Caribe… si tienes un día de sol… algo que nosotros casi no vimos. Lo que no pude dejar de ver presidiendo el pueblo es un edificio de hormigón repleto de sacos en plan bunker, y lleno de ametralladoras y militares.
Pero volvamos a la historia, el bote era más o menos un cayuco, nos habían avisado de buscar algo con un motor fuerte, al menos 40 o 50 caballos… pero como para ponerse a preguntar. El primero que salió fueron unos 20.000 pesos por hora y media de sufrimiento, saltando entre olas enormes causadas por una pequeña tormenta tropical que entraba por aquel entonces. Solo recuerdo como sufrí por mi cámara, había momentos en los que pensé que volcábamos.
Al final conseguimos llegar sanos y salvos y nos quedamos a pasar una noche allí, no había más opciones, el primer bote a Turbo no salía hasta la mañana siguiente.

En Capurganá sellamos el pasaporte para Colombia. La cosa empezó un poco tensa con el oficial exigiendome presentar X dolares por cada día que fuese a pasar, o saber el tiempo exacto que estaría en el país, me pedía el billete de vuelta… la excusa fue fácil. Cuando llegamos a Capurganá la oficina estaba cerrada, nos dijeron que buscásemos un hostal y pasásemos después de comer, con lo cual, no llevaba nada de eso encima.
Pero la excusa no sirvió, del todo… me toco ir de nuevo al hostal y lo único con lo que volví fue una tarjeta de crédito, para demostrar que tenía dinero, con eso vale la mayoría de las veces, pero seguía sin billete de salida del país. Por suerte tras un rato charlando, Karine y yo acabamos ayudándole a traducir al inglés el documento con todas las preguntas que tiene que hacer a todos los que cruzan la frontera, incluso le escribimos la forma de pronunciarlo. Una vez acabado y con una gran sonrisa en la cara, el oficial estampó el sello en nuestros pasaportes y nos deseo una bonita estancia en «Locombia«.

A la mañana siguiente salimos en dirección a Turbo. Unos 50.000 pesos por persona además de pagar cada kilo extra que supere en las mochilas los 10 kilos. Vamos, que nos sablaron. Aun así no fue demasiado caro.
El viaje fueron cerca de 3 horas, que en realidad son 2 y media, pero tuvimos un pequeño contratiempo perdidos en la niebla de la tormenta tropical… entre olas gigantes y lluvia helada.

Y llegamos a Turbo, que como su nombre indica, es un lugar en del que salir echando ostias. Según amarraron el bote había más de 10 personas intentando coger nuestras mochilas, ví un tipo con la mía, se la quité y me dijo… «se la estaba llevando a casa hermano«, y le dije yo, «si, pero a la tuya«, el negro se empezó a reír y volvió a ver si pillaba otra. Por suerte una pareja de Medellín que había en el bote nos ayudo un poco a salir de allí y regatear el precio del bus hasta Montería.
Nos cambiamos la ropa por algo «menos mojado» y comimos pollo frito enfrente de la estación, ¿estación?, haciendo tiempo hasta que saliese el bus.
Fueron unas 4 horas hasta Montería por un camino de cabras que no permitía al autobús superar los 20km/h… eso fue lo de menos, lo que casi acaba conmigo era el aire acondicionado polar con el que nos llevaba el conductor, hasta las gallinas que tenía a mi lado (en cajas, claro) se estaban quedando congeladas.

De Montería nos quedaba el último trayecto, 6 horas de autobús a Cartagena. Pero ya habíamos hecho la parte difícil. Al final optamos por la opción minivan, el último bus había salido, tardaba menos y el regateo no fue nada mal. Si, en Colombía regateas los transportes.

paso panamá colombia darien
A: Panamá City, B: Puerto Obaldía, C: Capurganá, D: Turbo, E: Montería, F: Cartagena

Casi a las 22:00 entrábamos en Cartagena, directos a Getsemaní, un buen barrio sórdido de la ciudad, repleto de putas y borrachos por doquier, pero bien situado, barato y con una amplia oferta de ocio nocturno.
Nos quedamos en la calle de La Media Luna numero 10-33, el segundo piso, el lugar se llamaba hotel Janeth… sin carteles, un antro en toda regla con sus sábanas de seda rojas en la cama y luz tenue. Unos 3 dólares por persona y noche. Creo que no hacen falta muchas más explicaciones.

Dejamos las cosas y nos fuimos a comer unas arepas regadas con unas Águilas al fondo de la calle, justo al lado de un buen bar de salsa donde empezamos a notar que estábamos en Colombia, y no muy lejos de Macondo.

Panamá, recorriendo el país en Carnavales

Tras una primera noche en Almirante nos levantamos temprano para coger el ferry en dirección a , mi primer contacto real con , la primera vez que ví delfines en libertad y lo que es más importante, la primera vez que desayuné hojaldres con salchichas :p.
El barco te deja en Isla Colón, esta es la isla más turística y bulliciosa, como nosotros queríamos algo más tranquilo, nada más llegar tomamos un bote a Isla Bastimentos, buscamos un alojamiento barato en oeste de la isla (Old Bank), nos acomodamos y nos fuimos a buscar las playas de aguas cristalinas y arena blanca de las que habíamos oído hablar.

Bê em Red Frog Beach

Bocas del Toro. Foto By Tiago Carneiro Machado

Una pequeña senda atraviesa la isla (y el bosque tropical) desde Old Bank hasta la costa este, donde se encuentran las mejores playas. Es un camino estrecho y, depende de en que estación vayas, bastante embarrado. Las playas que te vas encontrando son Playa Primera (Wizard), Playa Segunda, Red Frog Beach y Playa Larga. La primera es de las más bonitas, pero todas ellas idílicas, justo como me las imaginaba pero… con olas.
Si, ya se que es el mar, pero es que este es el Mar Caribe, y sorprende bastante encontrar olas en él… aunque también es cierto que Bocas del Toro es uno de los mejores puntos para surfear a este lado de Centro América. Hay numerosas competiciones de surf e incluso una prueba del campeonato del mundo se disputa en estas islas.
También visitamos Isla Colón, con sus tiendas, hostales de todo tipo, artesanos, una oferta de ocio mayor que Bastimentos y alguna playa que tampoco estaba nada mal… y como no teníamos mucho más tiempo que los carnavales nos esperaban, continuamos el camino hacia Chitré.

Sunset Watching: Las Lajas

Las Lajas. Foto By Flickmor

La parada obligatoria fue en la impresionante Playa de Las Lajas, en el golfo de Chiriquí. Hay pequeñas cabañas baratas a lo largo de los «varios» kilómetros de de preciosa playa, flanqueada a un lado por espectaculares bosques de palmeras, y en el otro por la fuerza del océano Pacífico.
Como he comentado en anteriores post, este trayecto lo hicimos en coche, con lo que no tengo muy claro como de fácil puede ser llegar a esta playa en transporte público.

Foto de equipo carnaveleño (por Kathy Arauz)

Pero si lo que quieres es rumba, agua, Guaro, algo de Abuelo y cuerpos empapados refregándose sin control con el sonido del reggae panameño y el reguetón, entonces el lugar es Chitré y Las Tablas, el momento, Febrero, en Carnaval.
Tuvimos la suerte de poder compartir el momento con los amigos/as de Krystell, alquilamos una casa entre todos para los días que duraba el carnaval y lo único que recuerdo son los desayunos de hojaldres con salchichas, los camiones lanzando agua sin parar y que no he bailado tanto reguetón en mi vida.

Fueron unos días muy divertidos. Fundamental a tener en cuenta en Carnavales en Panamá: el guaro es muy malo, sed moderados y no salgas de casa más que con lo justo y necesario, primero porque se te va a empapar, segundo porque hay mucho listo al despiste y con tanto roce ni te das cuenta cuando te meten las manos en los bolsillos. O si te das cuenta, pero igual te dejas pensando que buscan otra cosa. :p

Para reponernos de los carnavales nos dimos unos días de playa por la Península de Azuero, de pueblito en pueblito. Buena gastronomía, buenas playas y gente amable, además de que el coche nos permitía movernos con total libertad. Y hasta aquí duró.
Roberto y Krystell marcharon a pasar unos días románticos y yo continué con Karine en dirección a Ciudad Panamá, donde llegamos desde Penonomé.
A Karine la conocí en Camboya y se vino a visitarme desde Montreal para hacer un pequeño tramo de mi ruta Panamericana.
Nos alojamos en el Casco Viejo en un hostal barato y cuando salimos a cenar la recepcionista, metida en una especie de jaula de barrotes que la «protegía» de los clientes, nos dijo: «si van a cenar no se preocupen, esta zona es tranquila… pero vayan al lugar de la plaza donde hay enfrente una patrulla, no lleven más que 20 $ que puede costar la comida y dejen aquí la llave de la habitación«. Vamos, uno de esos consejos que siempre te deja de lo más relajado.

Al día siguiente salimos  para Isla Taboga, donde pasamos un día, no nos convenció demasiado, sobre todo por los precios, y el agua estaba helaaaada. Con lo cual, vuelta a Panamá, esta vez buscamos un alojamiento más local en una zona menos «entretenida» y dedicamos los días a pasear con Gianni. Nos enseñó bastante de esta ciudad en la que volví a ver rascacielos. En Centro América es complicado que las capitales tengan un skyline como el panameño, principalmente porque este es el único país de la región que no tiene practicamente actividad sísmica.

Skyline

Caminamos por los 2 kilómetros «apalmerados» de La Calzada, un paseo que recorre la entrada del Pacífico en Ciudad Panamá, fuimos por la noche a ver el funcionamiento de las exclusas de una de las más espectaculares obras de ingeniería realizadas por el hombre: el Canal de Panamá… tomamos, reímos, bailamos y jugamos al billar, escuchando las innumerables historias de Gianni y buscando la forma de cruzar hasta sin tener que volar de Panamá a Cartagena… ya que estaba cruzando el continente por tierra y de forma barata no iba ahora a dejar de hacerlo por un pequeño contratiempo: La selva de Darién, donde se rompe la Panamericana. Un pedazo de selva que parte el continente y sin carreteras asfaltadas, dicen que no hay mucho más que naturaleza, guerrilla y narcos.

Calzada de Amador (Amador Causeway)

Al final ni lo uno ni lo otro, los 2. Volamos hasta la y cruzamos el Darién por la costa. La forma más barata y, os aseguro, la más emocionante, de cruzar la frontera que divide estos 2 países. Pero mejor lo cuento en el siguiente post.