Quilotoa, el pueblo, la laguna en el cráter y el volcán (Ecuador)

Quilotoa

De Quito nos dirigimos a la provincia de Cotopaxi con la intención de subir el segundo más alto de por detrás de Chimborazo, el que lleva el nombre de la provincia, el volcán Cotopaxi (5.897 msnm), pero para ello no nos valía con haber estado unos días en Quito, por eso de que es la capital oficial más elevada sobre el nivel del mar (2850 msnm), hacía falta algo más para aclimatarnos a la altura antes de emprender una ascensión de tal calibre.

Por ello nos dirigimos a Quilotoa, un pequeño pueblo con 3 o 4 hostales/pensiones, un bar y una tienda. No hay demasiada vida, llegamos en Marzo y en nuestro alojamiento solo estábamos nosotros. La mayoría de los hospedajes del pueblo te ofrecen alojamiento con cena y desayuno, como no hay casi bares o restaurantes merece la pena la oferta que suele rondar los 8-10 dolares para las opciones más económicas. Porque la tienda tampoco es que tenga mucha variedad.

La razón por la que fuimos al este lugar era disfrutar de los espectaculares paisajes de la zona y comenzar el aclimatamiento para la ascensión. El pueblo de Quilotoa está a 3.900 msnm y se encuentra emplazado junto al cráter del volcán con el que comparte el nombre.
Tras la formación del volcán y su posterior inactividad (hace miles de años) el cráter se inundó de agua formando una de las lagunas volcánicas más bonitas que he tenido la suerte de contemplar, la Laguna de Quilotoa.

Laguna Quilotoa

Nada más llegar hicimos el que recorre toda la cresta del cráter, el punto más alto, Huyan tic , alcanza los 4.010 metros de altura. Es una ruta preciosa que hicimos en unas 4 o 5 horas, pero charlando, haciendo fotos sin parar y disfrutando del paisaje.

 

Laguna Quilotoa

Laguna Quilotoa

A medida que avanzas y cambia la orientación desde la que ves la laguna el color azul de la misma va variando en tonalidad, llegando incluso, a veces, a rozar el verde. Si a eso le unes los cambios de luz constantes provocados por la velocidad de desplazamiento de las nubes llegas a olvidar que estás dando una vuelta en círculo a la laguna para pensar que estás recorriendo un camino con multitud de ellas.

Laguna Quilotoa

Laguna Quilotoa

En algunos puntos del camino se empieza a notar la sensación de altura, a los cerca de 4000 metros que ronda la mayor parte del camino el oxígeno abunda menos y la respiración comienza a ser más costosa.

Laguna Quilotoa

Una vez terminada la ruta caminamos por el pueblo y nos dirigimos al hostal para cenar. Al ser los únicos huéspedes intentamos convencerles para que cenásemos juntos y lo máximo que conseguimos fue que cenase el padre, la hija y la madre cenaron en la cocina…
Ya hable en un post anterior de lo difícil que me resulto el contacto y la conversación con las poblaciones indígenas, en este caso no fue muy diferente. Eso si, la posibilidad de haber compartido con ellos un poco de conversación al fuego de la hoguera antes de ir a dormir fue una experiencia de la que guardo un buen recuerdo.

A la mañana siguiente nos levantamos para recorrer el camino que lleva de Quilotoa a Chugchilan, unos 20 km. Habíamos leído que estaba bien señalizado y decidimos hacerlo por nuestra cuenta para continuar con nuestro proceso de entrenamiento y aclimatación para la altura.

Es un trekking bastante sencillo en el que la mayor parte del camino es cuesta abajo, exceptuando la parte final en la que hay que atravesar un valle imponente con su consiguiente subida para alcanzar Chugchilan. Calculo que se puede hacer tranquilamente en unas 5 horas, aunque a nosotros nos llevó unas 6 o 7 y un buen cabreo, sobre todo yo.

En el campo

Los lugareños se han empeñado en que el camino se haga con guia, o a caballo y han destrozado toda la señalética que indica por donde continuar, supongo que con la intención de que el turista se pierda y como nosotros salimos sin mapa pensando que estaba todo bien señalizado, consiguieron su propósito.

El cabreo vino porque una vez perdidos todo aquél que vimos quiso cobrarnos por indicarnos el camino, algo a lo que me negué en rotundo muy a pesar de Quirós. Tras unos cabreos y discusiones avanzando sin rumbo, justo en el momento en el que más estaba despotricando contra todo aquél que se encontrase a menos de 1 km de mi el silbido de un ángel volvió a dejarme en mi lugar. De lo alto de una loma un pastor llamo nuestra atención para señalarnos el camino con una mano a la vez que gritaba la palabra que indicaba nuestra meta: ¡¡¡CHUGCHILAN!!!
Un camino que acabábamos de desechar pensando que iba en dirección contraria a nuestro destino. Le dimos las gracias a voz en grito con una gran reverencia y continuamos la marcha, esta vez si, en la dirección correcta.

Paisajes

Tendiendo

El resto del camino fue más relajado, el enfado dio paso a un cierto sentimiento de culpa y empecé a pensar que haría yo en su caso o que me supone a mi un dolar en comparación con lo que puede suponerles a ellos. No me planteé cambiar mi forma de viajar, cada dolar es valioso y no hay que regalarlos, pero si conseguí ponerme un poco en su lugar y entender que cuando tu meta es comer, casi todo vale.
Mi meta en esos momentos solo consistía en llegar a Chugchilan.

Festejando

Allí nos alojamos en el Hostal Cloud Forest, el más barato del pueblo, creo que también éramos los únicos huéspedes. En la noche pudimos disfrutar de interesantes conversaciones con encargado del lugar, sobre Ecuador, sobre la política, el indigenismo, sobre Correa, el hecho de que el país está dolarizado, y sobre los proyectos ecológicos en los que participaban.

La vuelta a Latacunga desde Chugchilan es otra aventura en si misma si la haces en bus, las carreteras por las que oscila, entre las que serpentea, son tan espectaculares como peligrosas, sobre todo cuando en las curvas ves como alguna de las ruedas queda totalmente en el aire sobre el precipicio. Y si realizas el trayecto en domingo, después de misa, a la hora del “vermú“, entonces las discusiones, los cánticos y los bailes serán atracción suficiente para que el pestazo a vino barato y las curvas no te produzcan demasiado mal cuerpo.

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Otavalo (Ecuador), de compras en el mayor mercado indígena de América del Sur

Esperando

Mi primer contacto con fue San Luis de Otavalo, 110 km al norte de Quito. Un pequeño pueblo famoso por un indígena de artesanía que data de tiempos preincaicos y que es uno de los más grandes de toda América Latina.

La mayoría de los turistas hace viajes de un día desde Quito, son unas 2 horas en autobús, pero hay bastantes hostales baratos donde alojarse. Nosotros nos quedamos unos días, llegamos en sábado, que es el día con mayor afluencia tanto de artesanos como de curiosos y compradores, y estuvimos hasta el lunes. El resto de días de la semana se sigue manteniendo toda la parte del mercado que hay en la Plaza de los Ponchos, con muchos menos puestos que los sábados pero sigue siendo interesante de ver.

Trenza

Siempre me gusta visitar los mercados de los lugares que visito, creo que son un fiel reflejo de los estratos y la cultura de los países, de sus gente, incluso de la economía del país.

En el de Otavalo puedes ver todo eso y una infinidad de grupos étnicos que forman el país, con sus distintas ropas tradicionales, sus bordados, o sus caras, sus miradas y gestos, un buen lugar para ver la geografía humana de Ecuador.

En el mercado

O los colores, las formas, los distintos tejidos que trabajan los artesanos de uno de los pueblos indígenas más ricos del país.
También es cierto que la mayoría de estas artesanías se pueden encontrar en el Rastro de Madrid, eso si, a precios bastante más altos. Era mi argumento a la hora de regatear, Otavalo exporta una gran cantidad de las artesanías que se realizan en la zona y saben que una gran parte de su producción va para España.

Colores

Colores

Pero no todo fueron compras, uno de los recuerdos más curiosos que tengo del lugar fue cuando salimos a tomar una cerveza y acabamos en una “discoteca” local viendo grupos de jóvenes indígenas bailar Reggaeton con sus ropas tradicionales, y cuando digo que bailaban Reggaeton es que “bailaban Reggaeton“, con sus buenos refriegues.
Es cierto que es música latina y que me debería haber chocado más cuando vi noruegas borrachas dándolo todo a ritmo de Reggaeton en Montañita, por ejemplo… pero hay veces que cuesta quitarse tópicos y clichés de la cabeza, desprenderse de ideas preconcebidas. Aunque tampoco quita que ver a las indígenas bailando Reggaeton fuese tan gracioso como cuando los estadounidenses intentan bailar salsa :p .

Bordados

Allí hice una de las compras que más he rentabilizado viajando en mucho tiempo, una hamaca. El mejor invento después de la rueda. Los tejidos de las hamacas que venden en Otavalo son de los más resistentes y los precios son verdaderamente asequibles, si regateas bien. A mi me vino de perlas para el resto del viaje, no solo por las veces que dormí en ella, también por las veces que la usé como manta, sobre todo en los autobuses o aviones con aires acondicionados “infernales“.

Otavalo es uno de los lugares imprescindibles a la hora de visitar el país, para ver una de las múltiples facetas de este pequeño país tan distinto entre si, esté país en medio del mundo, en el Ecuador.

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El transporte público en Colombia, regateando el autobús – Dato práctico

Cenitales

Un dato curioso para moverse por es este, el autobús (y cualquier otro medio de ) se puede negociar. Así nos movimos nosotros por allí, me lo habían explicado unos artesanos, Jessica y Cacho, en Nicaragua unos meses antes, y fue un consejo que nos ahorró bastante.

El primer paso es ir a la estación/parada de autobuses y preguntar el precio del trayecto, algunas veces hay varias compañías que hacen el mismo trayecto con lo que puedes negociar entre ellas a ver cual te deja mejor precio. Una vez sabes el precio más bajo que puedes conseguir en ventanilla haces que sigues pensándotelo y vas a los andenes a buscar el autobús que hace la ruta, ahí hablas con el conductor y negocias sobre el precio mínimo que conseguiste en ventanilla. Te lo va a bajar, y si están el resto de conductores de las otras compañías puedes conseguir un precio menor, y si aún no te has dado por satisfecho sales de la estación y paras los autobuses cuando han salido. Todos llevan el cartel del destino. Es más cansado porque hay que estar pendiente si sale el que te interesa, y más arriesgado por si no te paran, pero en general paran y aún puedes bajar un poco más el precio… y así por todo el camino, cuanto más lejos del punto de partida más barato, normal.

El problema es que como turista es difícil saber el camino que sigue cada bus, pero los locales lo agarran donde mejor les venga y consiguen mejores precios que comprando en ventanilla.

Algún que otro trayecto conseguimos mejor precio que nuestros compañeros de asiento colombianos, parece un anuncio de Trivago.

Todo es cuestión de tozudez y de cuanto tiempo te apetezca tirarte regateando, hay un punto en el que está claro que no les queda margen y no hay más que hacer, y estoy seguro que al fin y al cabo tenían claro que éramos turistas, con lo que seguro que siempre tuvieron su margen.

En un viaje de 18 meses ahorrar un par de euros cada día son más de mil euros. Y dinero… tenía menos que tiempo. Además, las esperas en las estaciones fueron menos aburridas.

Haciendo arepas en el eje cafetero en Marsella (Colombia) y bajando a Ecuador

Arepeando en La Finca

De Medellín salimos en dirección a la zona cafetera, no es que dejásemos la búsqueda de Macondo para ver si encontrábamos a Juan Valdez, es que buscábamos algo pequeño, tranquilo, “sin rumba“, ver algo de la rural menos turística. Y el lugar elegido fue Marsella, tal vez porque no hablan de allí las guias de viaje.

Un pequeño pueblo de menos de 20.000 habitantes no muy lejos de Pereira, rodeado de cafetales y montañas en el que no queríamos más que relajarnos y caminar. Nuestro error fue que la primera noche, después de cenar, decidimos tomarnos “una” cerveza. Antes de que pudiésemos terminarla e irnos a casa aparecieron Omar y Manuel, –¿de donde son?-, nos preguntaron,-Españoles-, contestamos nosotros, lo siguiente fue: –¿y que diablos hacen acá en Marsella?-… y ahí el relax que esperábamos en Marsella se transformo en rumba sin fin y una resaca de esas antológicas, eso si, en la espectacular finca que gestiona Heiller, uno de los amigos/hermanos que encontramos aquella noche, junto a Jonathan (el gafas), Manuel, Omar y el resto de la pandilla.
Hailler gestiona una finca en la que está intentando recopilar un poco de la fauna y flora colombiana, tiene casi de todo, vacas, cabras, loros, papagayos, pavos reales, gallinas sin plumas ¿?, cerdos, plantas de café, guadua, flores de todo tipo, frutales, hortalizas… y a menos de 5 minutos andando un pequeño reducto de bosque tropical en mitad del eje cafetero. Se nota en ello la pasión por la naturaleza de alguien que estudió Ambientales.

Arepeando en La Finca

Ejemplo del pavo real, y abajo Jonathan cogiendo yuca para el sancocho que estábamos a punto de meternos entre pecho y espalda.

Arepeando en La Finca

Allí pasamos unos días entre la naturaleza, ordeñando las vacas en la mañana y cogiendo los huevos de las gallinas… en las “tertulias de artistas frustrados” (que le gustaba llamarlas a Heiller) que se montaban por la noche en La Finca, con sus guitarras, sus lecturas, sus poemas, sus chistes… y aprendimos muchísimo sobre Colombia, sobre la historia, la fauna y la flora, sobre sus gentes, y por supuesto, sobre su gastronomía, de la que aprendimos de primera mano gracias a la Microempresa de Arepas que tienen en La Finca.

Arepeando en La Finca

Aquí podéis verme con las manos en la masa, nunca mejor dicho. En la masa que se hace a base de maíz cocido. Otra opción para hacer arepas es comprar directamente la harina de maíz. A eso solo le hace falta agua y un buen amasado para hacer la masa que estoy aplastando en la foto, estoy en el paso final, con el molde acabando de terminar la arepa. A mi derecha la masa y a mi izquierda las arepas terminadas listas para brasear.

Arepeando en La Finca

Y con sal, con mantequilla y unos choricitos ya teníamos la comida lista.

Arepeando en La Finca

Fue una pasada como nos trataron, nos acogieron en su casa y nos ofrecieron todo lo que tenían, salimos  de allí agradecidos y con un poco de pena por partir, eso si, seguros de que algún día volveríamos a cruzar nuestros caminos en cualquier lugar. En Marsella, un pueblo al que fuimos buscando “nada” y encontramos “todo“.

La siguiente parada en el camino fue San Cipriano, la razón, para ver con nuestros propios ojos un pueblo en mitad de la selva al que no llegan caminos ni carreteras, solo una vía de que está en deshuso.
San Cipriano fue uno de esos pueblos que creció en torno a la estación de tren, un medio de que dejo de usarse en Colombia hace años, seguramente por ser el medio de transporte más fácil de sabotear y durante el largo conflicto la seguridad primó sobre la comunicación.

Total, que para llegar al pueblo desde la carretera los lugareños han inventado uno de los métodos de transporte más curiosos, e inseguros, que existen. A unas pequeñas cajas de madera con ruedas que encajan en las vías le acoplan una moto para hacer la tracción… y listo, ya tenemos vehículo. Para subir del pueblo a la carretera perfecto pero para la bajada… mejor no tener miedo o ser aficionado a las montañas rusas.

En la foto intentando acoplar mi mochila para que no saliese volando.

Estas 4 últimas son fotos de Quirós. Con las 2 de San Cipriano no olvidaré la situación al descargarlas a un disco meses después en Cuzco (Perú). La abuelita del cibercafé abrió un par para ver si se habían grabado bien y cuando Quirós le dijo –Esas son de Colombia-, la abuelita respondió: –¿Así es Colombia?, ¿allá son negros?-. Creo que estuve riendo cerca de 20 minutos.

De San Cipriano nos fuimos a buscar la Colombia más sórdida en Cali. Y la encontramos. La primera noche la ciudad nos dejó claro que no nos quería allí, tal vez fue el barrio, el casco antiguo, junto a la catedral… el sitio justo al que no debíamos haber ido. Allí pasamos la noche, en el peor hostal de Cali, o por lo menos, el más barato. Esperando que el sol nos permitiese salir del lugar (durante la noche eramos carne de cañon), entre ángeles blancos y todo tipo de insectos y olores. De Cali conocimos lo peor, pero porque pareció que lo buscásemos. De todo se aprende.

Y así decidimos salir del país, por Pasto, un pueblo curioso, con una calle principal que forma una frecuencia pefecta de “wiskería”, locutorio, pollo frito, estanco… y así sucesivamente hasta el final de la calle. Es lo que que tienen los pueblos fronterizos, a eso va la gente, a cruzar fronteras, incluso las que no cruzan en sus propios países, o en sus vidas cotidianas, incluso fronteras interiores.
Curioso invento del hombre, parece que al cruzar una de estas seas más libre que dentro de la tuya… aunque también las hay que te hacen más preso.

Cien años sin soledad por Colombia, buscando Macondo.

Surrealismo mágico

Esta es una de las fotos que hice que mejor captaron la idea que tengo de , el país del Surrealismo mágico, un Macondo gigante, acercándome a la idea de García Marquez pero casi de refilón, ya que Gabo dota a la realidad de magia mientras que para mi era la irrealidad y el surrealismo del país los que lo hacían mágico.
No fueron 100 años los que pasé allí, aunque la intensidad de ciertas experiencias provoquen que la memoria dude, y nunca estuve solo, algo practicamente imposible en un país con ganas de hablar, de tomar, de reír, de bailar… un país de rumba. Esta es mi visión de Colombia, mi realidad, la magia, ya os he dicho, va implícita:

Muchos años después (3 exactamente), frente a la pantalla del ordenador, el subcomandante Pak había de recordar aquellos días remotos en que su amigo Quirós lo acompaño a la nevera a coger hielo.
Fue en Taganga, la primera parada tras Cartagena de Indias, un pueblecito de pescadores donde relajarse y crapulear, un buen lugar para el submarinismo donde lo que más hicimos fue “nadar“, bajo el agua y en la superficie, sobre todo en su acepción de: “hacer nada“.
Como demuestra la foto en la azotea del Hostal Moramar (tu morada junto al mar… ejem).

Nadando en Taganga

Taganga lo usamos de base en nuestra búsqueda de la ciénaga junto a la que instalaron Macondo, habíamos leído que debía estar cerca de Riohacha, ya que de allí huyo Jose Arcádio antes de fundarlo, pero no conseguimos llegar por culpa de ese paraíso que es el Parque Nacional de Tayrona.
Tuvimos que parar unos días, recorrerlo, disfrutarlo y caminarlo antes de continuar. Los lugareños intentaban convencernos que tal vez encontrásemos nuestro tesoro en el camino a Ciudad Perdida, pero el coste de la expedición y los días necesarios para llegar hasta allí se escapaban de nuestras limitadas posibilidades, lo único que teníamos con cierto valor era un libro y una cuerdecilla para sujetar las gafas, y decidimos ir con ello a Medellín para intentar el trueque de los objetos por productos locales. Encontramos que esta ciudad tenía los establecimientos perfectos para nuestros propósitos:

Tabaco y ron

Hicimos el trueque y pasamos los días entre tabaco y ron buscando algún Buendía que consiguiese hacernos entender el árbol genealógico de la familia, no tengo claro si tuvimos suerte, lo que tengo claro es que aunque lo hubiésemos encontrado el ron se habría encargado de cortar algunas ramas y no dejarnos ni un poco de leña de ese árbol.

Con la intención de conocer la ciudad nos alojamos un día en el centro, al lado del Museo de Botero, casi en la misma plaza. Un lugar tan bonito como poco recomendable una vez cae la noche… las callejuelas que lo rodean salen de las historias de Gabo para entrar en el primer videoclip de Jon Landis: Thriller. Solo acelerar el ritmo al caminar es suficiente para que la masa de “muertos vivientes” no tenga tiempo a salir completamente de sus ataudes de cartón.
Tal vez el gitano Melquíades hubiese tenido una cura para estos zombis, pero no podíamos esperar a que pasase con su carabana o empezaríamos, como ellos, a olvidar los nombres de las cosas.

Antes de abandonar Medellín, visitamos “el aeropuerto” de la universidad y homenajeamos a Botero en su tierra, donde si es profeta, con algunas imágenes inspiradas en la belleza de las formas. Para muestra dejo un botón, y una frase del artista cuando en una entrevista le preguntaron porqué pintaba/esculpía a la gente gorda, a lo que respondió:
Es que yo los veo así“.

Homenaje a Botero

Dejando claro que lo que importa no es la imagen, es la percepción de la misma. Eso pasa con Colombia, años de conflicto crearon una imagen muy equivocada del país, de sus gentes, de lo que allí pasaba, y si bien es cierto que hay zonas más “calientes” que otras, con lo que yo me quedo, sin dudarlo, es con la percepción, con MI percepción. Un país amable y acogedor, seguro y feliz, con ganas de olvidar y empezar a vivir de nuevo.

De allí me llevé uno de los recuerdos más gratos de América Latina, hubo de todo, como en todos lados, pero tal vez el surrealismo y la magia lo hiciesen distinto, más interesante, más idílico, amigable… incluso a pesar de que no encontramos Macondo ni rastro de los Buendía.

Cruzando la frontera por Darién – De Ciudad Panamá (Panamá) a Cartagena (Colombia)

Panamá desde las alturas

La entre y fue una de las más intensas que he cruzado en mi vida. Cuando empecé a buscar posibilidades la Selva del Darién se dedicó a limitar las opciones. No hay carreteras que la crucen por lo que la opción terrestre quedó rapidamente descartada, solo hay pequeñas sendas y si te atreves a intentarlo están los militares, los narcos y la guerrilla colombiana para quitarte la idea de la cabeza.
Las opciones sencillas son volar de Panamá City a Cartagena de Indias, ya en Colombia. Es el vuelo internacional más barato, pero aún así es caro. La otra opción es el barco, unos 6 ó 7 días atravesando el archipiélago de San Blas, es más barato, pero tampoco demasiado y luego los días, yo no llevaba demasiada prisa pero Karine había venido a visitarme y le apetecía disfrutar un poco de Colombia, además de que nos encontraríamos con Quirós unos días más tarde en Cartagena.
Al final nos decidimos (convencí a Karine) por la opción más emocionante. Supongo que hace años debía ser una verdadera aventura cruzar así, pero en 2009 a mi me pareció seguro. Intenso, pero seguro.

La aventura comenzó en Panamá City, salimos desde el antiguo aeropuerto militar (Albrook) hasta Puerto Obaldía, aún en Panamá pero justo en la frontera. Es una hora de vuelo en un avión diminuto por algo menos de 60$, los vuelos son operados por Air Panamá y no hay salidas todos los días.
El despegue fue bueno pero poco antes de aterrizar comenzó una pequeña tormenta y el piloto decidió dar una vueltas a ver si escampaba un poco, 20 minutos más tarde, con el suelo aún mojado y en una pista “inexistente” se decidió a aterrizar. La pista de aterrizaje es esto de la foto.

Foto por Karine Lamarre

Tras entrar derrapando en la pista, el piloto se giró hacia nosotros mientras se quitaba el sudor de la frente y dijo en voz alta: “Uff, que susto, ¿no?“. En ese momento me levanté del avión y decidí salir del aparato para poder tener agusto un ataque al corazón en el exterior.
Foto del avión, mientras sacábamos el equipaje refugiados de la lluvia bajo el ala, mucho mejor que las dichosas cintas transportadoras.

Foto por Karine Lamarre


Una vez en Puerto Obaldía tuvimos que pasar por “la migra, primero para sellar la salida de Panamá y luego, en una especie de consulado que tiene allá Colombia, había que hacer un visado de entrada. No me preguntéis el porqué, mejor no rechistar.
Este pequeño pueblo es la entrada al Darién, repleto de indios kuna (los aborígenes panameños) pero no hay mucho que hacer, es un lugar de paso.

Con los pasaportes ya sellados buscamos algún bote que saliese hacia Capurganá (Colombia), en la costa caribeña, un lugar curioso, donde puedes llegar a ver más de 7 tonos de azul en el Caribe… si tienes un día de sol… algo que nosotros casi no vimos. Lo que no pude dejar de ver presidiendo el pueblo es un edificio de hormigón repleto de sacos en plan bunker, y lleno de ametralladoras y militares.
Pero volvamos a la historia, el bote era más o menos un cayuco, nos habían avisado de buscar algo con un motor fuerte, al menos 40 o 50 caballos… pero como para ponerse a preguntar. El primero que salió fueron unos 20.000 pesos por hora y media de sufrimiento, saltando entre olas enormes causadas por una pequeña tormenta tropical que entraba por aquel entonces. Solo recuerdo como sufrí por mi cámara, había momentos en los que pensé que volcábamos.
Al final conseguimos llegar sanos y salvos y nos quedamos a pasar una noche allí, no había más opciones, el primer bote a Turbo no salía hasta la mañana siguiente.

En Capurganá sellamos el pasaporte para Colombia. La cosa empezó un poco tensa con el oficial exigiendome presentar X dolares por cada día que fuese a pasar, o saber el tiempo exacto que estaría en el país, me pedía el billete de vuelta… la excusa fue fácil. Cuando llegamos a Capurganá la oficina estaba cerrada, nos dijeron que buscásemos un hostal y pasásemos después de comer, con lo cual, no llevaba nada de eso encima.
Pero la excusa no sirvió, del todo… me toco ir de nuevo al hostal y lo único con lo que volví fue una tarjeta de crédito, para demostrar que tenía dinero, con eso vale la mayoría de las veces, pero seguía sin billete de salida del país. Por suerte tras un rato charlando, Karine y yo acabamos ayudándole a traducir al inglés el documento con todas las preguntas que tiene que hacer a todos los que cruzan la frontera, incluso le escribimos la forma de pronunciarlo. Una vez acabado y con una gran sonrisa en la cara, el oficial estampó el sello en nuestros pasaportes y nos deseo una bonita estancia en “Locombia“.

A la mañana siguiente salimos en dirección a Turbo. Unos 50.000 pesos por persona además de pagar cada kilo extra que supere en las mochilas los 10 kilos. Vamos, que nos sablaron. Aun así no fue demasiado caro.
El viaje fueron cerca de 3 horas, que en realidad son 2 y media, pero tuvimos un pequeño contratiempo perdidos en la niebla de la tormenta tropical… entre olas gigantes y lluvia helada.

Y llegamos a Turbo, que como su nombre indica, es un lugar en del que salir echando ostias. Según amarraron el bote había más de 10 personas intentando coger nuestras mochilas, ví un tipo con la mía, se la quité y me dijo… “se la estaba llevando a casa hermano“, y le dije yo, “si, pero a la tuya“, el negro se empezó a reír y volvió a ver si pillaba otra. Por suerte una pareja de Medellín que había en el bote nos ayudo un poco a salir de allí y regatear el precio del bus hasta Montería.
Nos cambiamos la ropa por algo “menos mojado” y comimos pollo frito enfrente de la estación, ¿estación?, haciendo tiempo hasta que saliese el bus.
Fueron unas 4 horas hasta Montería por un camino de cabras que no permitía al autobús superar los 20km/h… eso fue lo de menos, lo que casi acaba conmigo era el aire acondicionado polar con el que nos llevaba el conductor, hasta las gallinas que tenía a mi lado (en cajas, claro) se estaban quedando congeladas.

De Montería nos quedaba el último trayecto, 6 horas de autobús a Cartagena. Pero ya habíamos hecho la parte difícil. Al final optamos por la opción minivan, el último bus había salido, tardaba menos y el regateo no fue nada mal. Si, en Colombía regateas los transportes.

paso panamá colombia darien
A: Panamá City, B: Puerto Obaldía, C: Capurganá, D: Turbo, E: Montería, F: Cartagena

Casi a las 22:00 entrábamos en Cartagena, directos a Getsemaní, un buen barrio sórdido de la ciudad, repleto de putas y borrachos por doquier, pero bien situado, barato y con una amplia oferta de ocio nocturno.
Nos quedamos en la calle de La Media Luna numero 10-33, el segundo piso, el lugar se llamaba hotel Janeth… sin carteles, un antro en toda regla con sus sábanas de seda rojas en la cama y luz tenue. Unos 3 dólares por persona y noche. Creo que no hacen falta muchas más explicaciones.

Dejamos las cosas y nos fuimos a comer unas arepas regadas con unas Águilas al fondo de la calle, justo al lado de un buen bar de salsa donde empezamos a notar que estábamos en Colombia, y no muy lejos de Macondo.