Cruzando la frontera Belice – Guatemala con los Amish ladrones.

Distributing surplus commodities, St. Johns, Ariz. (LOC)
Foto CC vía: The Library of Congress

Desde Cayo Caulker salí camino de City en barco (1 h o 2 por 8$ más o menos), había decidido ir para y lo hice cruzando la entre Benque Viejo del Carmen (Belice) y Melchor de Mencos (Guatemala).

Llegar a Benque Viejo fueron unas 3 o 4 horas en bus desde Belice City (6$), parando en San Ignacio.
Una vez en allí hay que tomar un taxi compartido hasta la frontera y lo mismo hasta Melchor de Mencos. Son taxis baratos, lo caro es salir de Belice. Hay una tasa que no recuerdo si son 20 o 30 dolares, en concepto de ECOTASA para el turista. Es una información que yo no conocí hasta la misma frontera.

Y saliendo de Belice me pasó una cosa muy curiosa. En el autobús camino de la frontera se subió en San Ignacio una familia de Amish… si estos tipos raros que siguen viviendo en el pasado, con sus barbas, sus sombreros y su amor a dios.
Simplemente me llamó la atención verlos y los locales me comentaron que hay una comunidad grande cerca de San Ignacio.
Total, que nada más cruzar la frontera se me acerca un chico y me ofrece llevarme hasta Melchor de Mencos, negocio con él, consigo buen precio y una vez que estoy metiendo la mochila en el coche me pregunta si he perdido algo de dinero… yo no entiendo nada y empiezo a rebuscarme en los bolsillos. Me faltaban unos 30 dolares americanos y algunos Quetzales guatemaltecos que ya había cambiado, entonces le pregunto como lo sabia y me cuenta que vio como se me caia algo del bolsillo cuando saqué el pasaporte en la frontera, y al rato vio a los Amish cogerlo y guardárselo al bolsillo… me quedé alucinado y con las mismas salte dentro del taxi y le grité: ¡Siga a esos Amish!… que ellos iban andando, y yo siempre había querido decir una frase así. El chaval entró en el coche, puso música de persecuciones y si no hubiésemos ido en un 4 latas que no pasaba de 40 km/h seguro que hubiese salido haciendo ruedas.

A los pocos minutos los encontramos en la carretera, le dije al taxista que parase a su lado y les pregunté si habían encontrado dinero en el suelo, se miraron entre ellos y directamente sacaron cada uno de sus bolsillos la parte que se habían repartido y me lo devolvieron mirando al suelo… ahí les pregunte que, si habían visto como se me caía porqué no me avisaron… y siguieron mirando al suelo. Debe ser que su amor a dios no les permitía desperdiciar mi involuntaria limosna, o que se tomaban muy en serio el “Dios proveerá” o que la hipocresía de esa sociedad les permite renunciar a las comodidades modernas pero no renunciar al moderno DOLAR ($$$$$$$$$).
El taxista les gritó ladrones, pisó el acelerador a fondo y salió nuevamente a cámara lenta.

Y me dejó en el lugar de donde salían las “minivan” hacia Flores, en Melchor de Mencos, un pueblo curioso en el que la frontera con Belice corta el campo de fútbol por la línea de medio campo, y el pueblo entero en 2.
La parte de guate está aislada del mundo, lejos del resto de poblaciones del país, la parte de Belice cerca de poblaciones grandes. En la parte guate no hay infraestructuras, en la parte beliceña hay luz, agua y una carretera buena para entrar y salir.
Los policías fronterizos beliceños van a la parte guate a tomar las cervezas, es más barato.
Todo es un mismo pueblo, Melchor de Mencos, un lugar EN MEDIO… de ninguna parte.

Lívingston – Guatemala… ¿Guatemala?

Satellietfoto van Livingston, Guatemala

Lívingston tiene una población de 17.000 habitantes, esta pequeña ciudad Garífuna es la única del país sin conexión por carretera, la única con playas en el Caribe, la única en la que te sorprendes viendo que los “chapines” que allí habitan “son negros y juegan al basket” (como bien me dijo Quiros).

Solo puedes alcanzarla en bote desde Puerto Barrios, Río Dulce o Punta Gorda (), y esta última es la única que se parece en algo a Lívingston, porque está en Belice.

Cuando llegué estaba lloviendo y como la previsión meteorológica apuntaba que continuaría así por un tiempo decidí partir al día siguiente… no pude disfrutar demasiado del par de playas que tiene y no encontré mucho más que hacer allí, sobre todo lloviendo.
No me pareció un destino atractivo, pero si peculiar. Es como estar fuera de , la población proviene de los esclavos africanos que fueron “importados” por la corona británica hasta las revueltas de 1795 en St Vincent, y fue la única parte del país que linda con el Caribe que Guatemala consiguió quedarse tras la independencia de Belice en 1973, vamos, lo que los Británicos les dejaron quedarse porque Belice no se independizó del Reino Unido hasta 1981, momento en que pasó a ser un país divido de Guatemala por unas fronteras hechas con tiralíneas.

Dicen que la travesia desde Río Dulce es muy bonita y que el lago Izabal es un pasote, me quedé con ganas de visitar esa zona pero mi ruta era entrar en Belice para luego volver a Guate por El Petén.

Y tal y como llegué… me fui. En barco a Punta Gorda (20$ – 1h) y de allí a Belice City en bus (7h – 13$) y luego al Cayo Caulker (2h – 8$ en bote). ¿De verdad había salido de Guatemala para entrar en Belice?. Por el cambio desde Livingston no lo parecía pero tengo que decir que la diferencia con El Petén (Guate) fue brutal.

Foto vía: David d’O’s

De Honduras a Puerto Barrios pasando por Utila.

Una vez vistas las Ruinas de Copán decidí ir a Utila a bucear un poco. Había oído que era uno de los lugares más baratos del mundo para bucear. En realidad es el más barato para certificarse, pero está al nivel de Vietnam o Bali en cuanto al precio de las inmersiones sueltas.
Utila es una de las 3 islas de la bahía hondureña, decidí ir a esta simplemente por los precios, las otras 2, Roatán y Guanaja son más caras, Utila es el destino de mochileros, y un muy buen lugar para el cachondeo.
El viaje de Copán a Utila consistió en 1 autobús hasta San Pedro Sula (3h por unos 6$), luego otro autobús hasta La Ceiba (4h 4.5$) y por último ferry hasta Utila (1h 21$).
Llegué por la tarde a última hora y en menos de 20 minutos tenía alojamiento en una especie de resort que me regalaban con las inmersiones que había comprado en uno de los muchos Dive Centers de la isla y 10 minutos más tarde estaba en una fiesta con barbacoa en la casa de uno de los Divemaster del centro de buceo. Reggae, cerveza fría y bombonas de oxigeno para avivar las ascuas.

Utila es el destino friki del buceo, todo el mundo va a bucear, habla de buceo, piensa en buceo y sueña cada noche con la inmersión del día siguiente. Son como surferos pero en buzos. Yo me entiendo. Todo esto lo compagina, una gran parte de esta gente, con el cachondeo… ¿lo he comentado ya?.
Total, que me hice un par de días de inmersiones e intenté evitar el cachondeo, aunque unas cervezas me tomé con Sonia, una amiga de Quirós que estaba en Utila a la vez que yo.
Las inmersiones me parecieron “reguleras“, no estuve en una buena época, en la estación seca hay más visibilidad y es la llegada del tiburón ballena. Aunque esperaba más, teniendo en cuenta que los arrecifes de la isla forman parte de la segunda mayor barrera de coral del mundo (detrás de la australiana). Tal vez las otras dos islas tengan un mejor buceo.

En pocos días me aburrí de “la calle“, los bares y las playas llenas de mosquitos y empecé a prepararme mentalmente para el viaje a mi siguiente destino. Quería llegar a Livingston, en el extremo oriental de .
Me gustaba el nombre y era una de las mejores formas de llegar hasta … o eso pensaba yo.
Un día me levanté temprano (05:00 am), agarré el primer ferry a La Ceiba (1h), de ahí un autobús a San Pedro Sula (4h), otro a Puerto Cortés (1h), de ahí otro a Omoa para tomar otro minibus hasta Corinto (4h), donde se cruza la de , y luego en taxi hasta la de Guatemala (10 min). Ya solo me faltaba un bus más hasta Puerto Barrios (30min) (ya en Guatemala) y por último un barco a Lívingston (1h). Total, unos 23€ todo el trayecto y 11 horas si encajas todo perfecto.
Como podéis imaginar era una misión complicada cuadrar tanta cantidad de buses, taxis, barcos… pero más o menos tuve suerte de enganchar unos con otros sin muchas esperas, excepto el bus de la frontera de Honduras a Guate. Ahí sufrí un interesante parón técnico. El minibus no salía hasta que se llenase y aquel no era un paso fronterizo demasiado transitado. De repente me llamaron de una furgoneta que acababa de llegar y me ofrecieron llevarme hasta Puerto Barrios. Cambie las mochilas y me subí. Todos menos yo eran hondureños.

En un momento del camino nos paró la policía fronteriza hondureña, nos pidió la documentación, la entregamos y un policía le empezó a increpar a uno de los pasajeros y le dijo que no le había entregado nada. Discutieron un poco y le sacó de la furgoneta, el resto de los que estaban dentro le entregaron algo y al poco tiempo volvió a entrar y continuamos el camino.
Yo no tenía muy claro lo que estaba sucediendo pero empecé a olérmelo, les pregunté y su intención era llegar a los Estados Unidos, les esperaba un largo viaje, cruzar Guatemala, entrar en México y conseguir llegar al norte de Río Bravo para intentar huir de los salarios de hambre que azotan América Central. Solo un sueño, como el que tuvieron los primeros peregrinos del Mayflower, un futuro mejor.
Entonces les comenté que si eran hondureños porqué habían tenido que pagar “mordida” para entrar a Guatemala, cuando entre ambos países hay un acuerdo fronterizo para la libre circulación de personas. La respuesta fue sencilla, uno de ellos perdió su “cédula” hacía unos meses y conseguir otro DNI en Honduras es un proceso burocrático que puede dilatarse demasiado tiempo.
Solo le costó 30 dólares salir de Honduras sin identificación. Entonces la furgoneta paró y le hicieron bajarse antes de cruzar la frontera de Guatemala. Para no entorpecer al resto él pasaría andando y le esperaríamos al otro lado de la frontera.
Llegamos a la frontera, empezaron a ponernos los sellos y yo estuve hablando con los guardias mientras “el indocumentado” pasaba por detrás. Salimos de la frontera, le recogimos y al poco tiempo paramos al borde de la carretera. Me estuvieron contando como hacen para pasar “indocumentados” cuando son grupos grandes, lo hacen en la noche y por el interior de la selva, me contaron los precios que llegan a pagar a los “coyotes” que les llevan hasta su Ítaca particular, los Estados Unidos, y son cantidades que rondan los 15 o 20.000 dólares, una cifra muy alta en Centroamérica, me contaron como les trata “el narco” en el norte de México, como les secuestran, les roban y extorsionan, a ellos que no tienen nada más que sueños, me contaron lo difícil que es dar un futuro a sus familias en sus países y lo duro que es hacerlo estando fuera. Para alguno ya era el tercer viaje entre deportaciones y expulsiones.
Me vieron tan interesado que les sorprendió, me preguntaban si era prensa, miraban mi cámara, me preguntaron por mi las fotos, por mi viaje… y en un momento dado me ofrecieron acompañarles en el suyo. Me dijeron que podía documentar su “aventura“, su camino a “El Dorado“.
Pude estar 20 minutos dándole vueltas, era una historia muy interesante, pero muy arriesgada. Si quería ir con ellos todo el camino tenía que entrar ilegalmente en México y USA. Entonces algunos de ellos empezaro a decir que tal vez fuese muy peligroso para mi ir con ellos por el norte de México, un europeo con cámara de fotos entre un grupo de “sinpapeles” hondureños. Un botín para “el narco“. En ese momento el conductor decidió continuar el camino, pero los planes cambiaban, me dejaban en un cruce esperando que pasase otro autobús y ellos modificaban la ruta, mejor no arriesgar, que ya les habían parado antes de entrar en Guatemala.

Y fue en un cruce de carreteras, a 4 km de Puerto Barrios, donde me despedí de ellos y les vi partir con esa mezcla de ilusión y miedo del que va camino de algo mejor que lo que deja atrás. Sin más equipaje que una mochila con una muda y algo de comida. Hector me dijo que no hace falta nada más para empezar una nueva vida.
Supongo que si dejas atrás tu familia, tus amigos y todo lo que eres, si partes sin saber cuando volverás, sin saber si conseguirás llegar, si barajas la idea de que ese viaje pueda ser el fin de tu camino, tal vez tenia razón y lo menos importante es lo que llevas en la mochila.

Al poco tiempo pasó otro autobús camino de Puerto Barrios, para cuando llegué ya había salido el último ferry y tuve que hacer noche allí. En una ciudad portuaria, húmeda, calurosa y un tanto sórdida. Un lugar de paso, la ciudad que fue uno de los cuarteles generales de la United Fruit Company en la época en que esta transnacional estadounidense tumbaba y nombraba presidentes a su antojo en toda América Central.

Y en un hostelucho pasé la noche pensando en Hector, Mario, Carmen y el resto de Hondureños de la furgoneta, pensando en sus mochilas, en que tal vez las llevasen llenas de recuerdos para su nueva vida, pensando en la ironía que me resultaban sus sueños de vivir en el sistema que ha devorado sus países y que luego, tal vez, los vomitará a ellos. Pensando en la pobreza que azota la región en la que me encontraba y pensando en Galeano y sus “Venas abiertas:

Pensando que “la lluvia que irriga a los centros del poder ahoga los vastos suburbios del sistema“.
Pensando que “el sistema en vez de multiplicar los panes hace lo posible por suprimir a los comensales“.
Pensando que ” el subdesarrollo latinoamericano es una consecuencia del desarrollo ajeno, América Latina es pobre porque es rico su suelo y los lugares privilegiados por la naturaleza son malditos por la historia“.
Pensando que “el subdesarrollo no es una etapa del desarrollo. Es su consecuencia“.

Pensando en un párrafo que ya había usado antes en el blog, un párrafo de ese impresionante libro de lectura obligatoria en un viaje por el continente americano: “Las vengas abiertas de América Latina”, de Eduardo Galeano.

Pensando que “América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos: nosotros habitamos, a lo sumo, una subAmérica, una América de segunda clase, de nebulosa identificación.
Es América Latina, la región de las venas abiertas.

Ahora releo ese párrafo y pienso que “nosotros” son “ellos“, pero aquella noche, en aquella habitación, dando vueltas en la cama sin poder dormir por el asfixiante calor y con el sonido de la lluvia golpeando contra el tejado de uralita, aquella noche, “nosotros” era “yo“, y yo era Hector, y era Mario, y Carmen, y Luis, y Alfredo, y Néstor y Laura.