Teotihuacan, la ciudad de los dioses – México

Teotihuacan

El Distrito Federal es la aglomeración urbana más grande del continente americano, debe haber alguna razón «secreta» para que a 45 kilómetros de allí se encuentre el emplazamiento de la que también, pero 18 siglos antes, fue la aglomeración urbana más grande de Mesoamérica y, posiblemente, de todo el continente (con una población que pudo llegar a los 200.000 habitantes).
De esta ciudad solo conocemos el nombre en náuatl, ya que fue el pueblo Azteca, los mexicas, los que la descubrieron una vez abandonada, cerca del siglo VIII, por la civilización que la habitó.
No me exraña que al encontrarse con estas impresionantes construcciones decidiesen llamar a la ciudad : «el lugar donde fueron hechos los dioses«.

La gran cantidad de interrogantes relacionados con Teotihuacan favorecen a crear un aura de misterio alrededor de estas construcciones, y ello unido a la mística mexica han dado pie a numerosas creencias populares.
La entrada a la zona arqueológica la hice con Manuel, le conocí en el bus que va desde Indios Verdes (linea 3 del metro) hasta Teotihucan, es la forma más barata de llegar. Manuel, originario de Baja California, visitaba las pirámides, como cada año, en Enero. Acababa de ser padre y esta vez la energía que recogería desde la cima de la Piramide del Sol sería para dedicarla al cuidado y el crecimiento de su pequeña. Según antiguas creencias, de desconocida procedencia, el centro de la cima de esta pirámide es el lugar apropiado para recibir «energía cósmica«.
Después de subir los 365 escalones, uno por cada día del año, Manuel se colocó justo en el punto central y antes de levantar las manos en dirección al cielo con los ojos cerrados, me dijo: «mírame y sientelo«. Le imité.
Pasamos cerca de un minuto de esa guisa entre las decenas de turistas que allí había y durante algunos segundos tuve la sensación de que estábamos solos, pensando en esa energía, en los más de 20 siglos que habían pasado desde que a alguien se le ocurrió aquella creación y en todo lo que había leído sobre ese lugar:

Al sentido vertical lo complementa su base cuadrangular y su posición precisa con respecto al trayecto de los astros. En efecto, la orientación de la Pirámide del Sol tiene una inclinación de 17º de la dirección del polo terrestre, lo que apunta hacia el polo magnético y permite al sol coincidir en el Cenit del centro de la pirámide los días 20 de mayo y 18 de junio. Son más las características astronómicas de esta y otras pirámides mesoamericanas, pero en el caso de Teotihuacán, el conjunto de templos y edificios rodeado por una urbe mimetizada de campo, crean un espacio magnífico que permite establecer vínculos olvidados entre el hombre y la naturaleza.
Vía: mexicocity.com.mx

Teotihuacan

No soy demasiado místico y me cuesta creer en temas de energía pero en aquel lugar, con Manuel, entendí que esas contrucciones y lo que buscamos en su cima no es otra cosa más que acercarnos un poco a los dioses, a los astros, al Sol o la Luna, a todo aquello que no entendemos y nos atrae, a las fuentes del poder (cósmico o espiritual) y sentirnos un poco más cerca de ellos, sentir que desde allí escuchan mejor nuestras palabras, o nuestros pensamientos.

Teotihuacan

Al rato Manuel se fue y yo seguí vagando por la zona, subí a la Pirámide de la Luna (no se puede hasta la cima), caminé por la Calzada de los muertos, la Ciudadela, el Palacio de los Jaguares y muchos otros rincones de estos restos arqueológicos considerados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, doce siglos más tarde de ser abandonados por una civilización capaz de crear la tercera pirámide más grande del mundo, la del Sol (63 m).
Tal vez lo abandonaron cuando su sistema colapsó y esto me llevó a imaginar que los rascacielos de Wall Street (nuestras pirámides modernas) hubiesen sido abandonados tras el colapso del capitalismo en la gran crisis mundial que por entonces empezaba, a primeros de 2009.
Pero no, las pirámides que se abandonaron fueron las que se forman en las gráficas bursátiles, sobre todo, las que representan a las personas. Las del mercado se mantuvieron y, hoy en día, siguen siendo adoradas por supersticiosos mercaderes, que no nos escuchan, por muy alto que subamos.

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